El axioma democrático
Quienes crecimos en la España de los ochenta no tuvimos otra opción. El optimismo de un país y la memoria traumática cercana, aún viva en el testimonio de nuestros padres y abuelos, nos inclinaban a creer en la democracia como si fuera un axioma. El recuerdo de la dictadura estaba lo suficientemente fresco como para conocer sus daños, sin que ningún relato ventajista intentara rentabilizar el dolor, y el código fuente de nuestro pacto constitucional era reciente y resultaba todavía legible. El proyecto europeo vitaminó nuestra ilusión de sabernos libres, y las expresiones más acabadas de las dos ideologías dominantes —la socialdemocracia y la democracia cristiana— supieron dar acomodo a las sensibilidades mayoritarias. No sé si éramos felices y no lo sabíamos, pero de lo que sí teníamos constancia era de que avanzábamos hacia un mundo mejor.