Caminante no hay camino
Esperábamos a cruzar sin sombra y sin sombrero, como un grupo de supervivientes que incluso en el último momento cumplieran con celo las normas. De pronto, una anciana enjuta, vestida con mallas y zapatillas, como si quisiera entrar corriendo en el más allá, se impacientó y comenzó a cruzar con el semáforo en rojo, esquivando a los coches. Era una mujer menuda, frágil, seguramente el sol hiriente había aumentado su demencia. Los conductores, irritados por tener que frenar, hicieron sonar su cláxons, de las ventanillas se escapaban insultos gruesos. A las ancianas es fácil insultarlas. Si a las personas maduras se nos manda a tomar la pastilla en cuanto tenemos algún despiste que interfiere con la velocidad urbana, imaginemos la irritación que provocan quienes ya deambulan por la calle como zombies. Daban ganas de seguirla y gritar agitando las manos hacia los conductores: ¿es que en esta ciudad ya no puede una ni volverse loca? La anciana kamikaze consiguió llegar viva a la otra acera. Cuando quise acercarme para ver si se había asustado ya estaba infringiendo de nuevo la ley, cruzando malamente Alcalá para alcanzar el Retiro. Su misión irrenunciable: penetrar en el frescor del bosque. Pero allí no estaría tampoco a salvo. Las autoridades han decidido que por delante de los peatones está cualquier absurdo artefacto con ruedas. En la puerta del parque, una empresa alquila unos ridículos cochecillos para esos turistas que han olvidado que tienen piernas, de tal manera que la abuela intrépida y algo tronada se la tendría que ir jugando entre ciclistas, patinadores, cochecitos, monopatinadores que han tomado por asalto los espacios verdes socavando la serenidad de los que van despacio o con torpeza.