Mentiras, mentirijillas y venenos
No soy una persona partidaria de la verdad caiga quien caiga. Es más, esos talibanes de la sinceridad que se regodean en decirte, “chica, has echado barriga, ¿no?”, me parecen esencialmente imbéciles, además de narcisos (lo que buscan es destacar a tus costillas), carentes del más mínimo autoanálisis y, por añadidura, mala gente. Lo del autoanálisis es porque hasta el individuo más fanático de la pseudoautenticidad lleva una existencia enhebrada de engaños. Porque ya sabemos que la memoria es un cuento, una reelaboración nada fiable, de modo que podría decirse que en toda vida hay unas cuantas mentiras fundacionales. Y luego hay otras mentirijillas positivas, como las que dices para animar a alguien o para no hacer daño. Más los adornos inocentes de la realidad que algunos formidables narradores llevan a cabo. Hablo de contar la vida de una manera más grande que la vida misma, como hacía Lucho Sepúlveda, un extraordinario escritor que también inventaba el mundo cuando hablaba. Esas mentiras son deliciosas.