Una risa ancestral y otra puramente humana nacen en distintas regiones del cerebro
Quedas con alguien a tomar un café, quizás por primera vez, común en tiempos de aplicaciones de citas. Conversáis y, si la cosa va bien, colocas breves fragmentos de risa suave al final de sus frases. “Te escucho”, “me gusta lo que dices”, interpreta, y te devuelve más risas en instantes elegidos, midiendo volumen y duración. A veces, incluso, reís en sincronía. Pero, en un momento dado, una anécdota certera te arranca una carcajada contagiosa. Se añade así un eslabón a vuestro vínculo, sea añejo o incipiente, mediante un mecanismo espontáneo de conexión social que existe desde hace más tiempo que nuestra especie. Al llegar a casa te sientes muy bien y, por un momento, hasta has olvidado el dolor de espalda con el que amaneciste, y no es casualidad, sino fruto de la evolución.