Rafael Ortiz, cuarenta años de revolución silenciosa en el arte contemporáneo

Al inicio de los años ochenta, a la ciudad de las marchas procesionales y el flamenco, del Barroco y los conventos, le comenzaron a salir unos brotes contraculturales que pronto explotaron para convertir Sevilla en un icono de la modernidad. Sonaba Silvio y Sacramento, rock progresivo, las compañías de teatro daban vida a los locales abandonados que se contaban por centenares en el centro de la ciudad, y los artistas plásticos, pintores con poco más de 20 años, se rebelaron contra el academicismo. “A la pintura le falta cabaret, le sobra espíritu conventual, moralidad, trascendencia y muchas éticas mal entendidas”, escribiría el artista cordobés Rafael Agredano en el número cero de la Revista Figura, un referente incuestionable para el arte contemporáneo español que nació como un juego entre ese grupo de artistas que aún eran estudiantes de Bellas Artes en Sevilla.