Por qué no se protege a la anguila plateada en España pese a su situación crítica
Una de las imágenes que componen el collage de recuerdos de mi preadolescencia es la de aquellas zódiacs maniobrando con obstinación casi épica al costado de un gran barco entre las olas de un mar agitado para interponerse en la caída de los bidones que lanzaban al agua. Se trataba de un carguero holandés que se deshacía con inquietante naturalidad de residuos radiactivos arrojándolos a la Fosa Atlántica, amparado por el Convenio de Londres de 1972, que permitía verter determinados desechos bajo supervisión. La legalidad de cada época sirve, con frecuencia, como escudo para cobijar actos aberrantes. A unos 700 kilómetros de las costas de Galicia se levantaba la alfombra de las aguas internacionales para esconder aquello que incomodaba: lo que el ojo no ve, la conciencia de la opinión pública no lo siente. En el lecho marino se descomponen 220.000 barriles con 140.000 toneladas de material radiactivo, una muestra de la pugna entre la hegemonía de la superficie, la imposición de las apariencias y la ley del mínimo esfuerzo frente a la verdad de fondo: esa asimetría voraz que privatiza el rédito y democratiza el desastre. Otro ejemplo más de los remedios apresurados que solo camuflan el problema. Fosas comunes, mutismo cómplice y olvido histórico convertidos en toallitas del inodoro moral.