Palmira ansía el regreso de los turistas tras la caída del régimen sirio
Las ruinas de Palmira se dibujan orgullosas en el horizonte tras cuatro horas y media de carretera desde Damasco hasta llegar a este oasis, antaño parada obligada para las caravanas de comerciantes que recorrían la ruta de la seda. La aristócrata británica Lady Jane Digby tardó tres semanas en hacer este mismo trayecto sobre un camello en busca del rastro de Zenobia, la reina guerrera que con 27 años se rebeló contra el poder de Roma en el siglo III. La excéntrica aventurera contrató en 1853 los servicios del jeque Medjuel el Mezrab, un líder tribal, para repeler los asaltos de los temibles beduinos del desierto. Se enamoró de ambos, del jeque y de Palmira. Hoy son varios cientos de yihadistas del Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés) —que los vecinos aseguran se ocultan en las grutas del desierto—, los que obligan a dar un rodeo para llegar sin perder, literalmente, la cabeza. Uniformes militares esparcidos en las cunetas, como si sus dueños se hubieran evaporado, recuerdan la apresurada huida de las tropas de Bachar el Asad el pasado mes de diciembre, cuando las milicias islamistas de Hayat Tahrir al Sham (HTS) se hicieron con el control de la mayor parte de Siria.