Nile Rodgers y su obra junto al mar
Corren tiempos tan ostentosos y superficiales que en ocasiones valoramos más el envoltorio de los regalos que su propia intención. En la feroz competencia de los festivales veraniegos modelo boutique, el entorno en el que se celebran comienza a ser también relevante argumento de venta, y en unos carteles que en cierto modo se repiten año tras año en casi todos ellos, sin apenas asomo de novedades, el emplazamiento cobra más y más importancia. Blaumarí, impulsado por Martín Pérez, promotor que estuvo tras el festival de Pedralbes y más tarde tras el Alma del Poble Espanyol, ha encontrado un nuevo hogar y resulta excelente, un rincón del Port Vell que en noches de canícula ofrece refugio, brisa, vistas sobre la fachada litoral de la ciudad y también buena comunicación, de suerte que hasta los mortales pueden usar el metro o el autobús para acercarse al mismo. Por supuesto hay aparcamiento. Y aunque el mar en un puerto no deja de ser una gran piscina, está lleno de evocaciones y la mirada siempre es bien acogida. Hasta finales de este mes mantiene programación en esta primera edición, pudiéndose disfrutar tanto en grada como en pista, amén de lo que ahora se lleva, ese “village” donde sentirse bien atendido. Lo que ahora se llama ostentosamente una experiencia.