Los siete rastreadores que llegaron a México para buscar a decenas de migrantes

El calor cae plomizo cerca de la línea del océano. Pasan las horas y las patrullas buscan una sombra, los funcionarios se abanican, los periodistas se recuestan, pero ellos siguen, caminan, preguntan, inciden, anotan: algún nombre, una fecha, otro lugar que no conocen. Trabajan incluso con los chalecos salvavidas de un viaje en lancha todavía puestos; no se los quitan, por si no hubiera tiempo suficiente. Llevan 16 meses averiguando y esta es la primera vez que pueden hacerlo pisando el suelo que sus desaparecidos —sus hijos, un nieto, un hermano— también pisaron; viendo los manglares, los techos de palma, la laguna que roza el Pacífico, todo eso que están seguros —seguros— que ellos también vieron.