Los políticos y su imagen
A la vanidad le cuesta admitirlo, pero muchas veces ni siquiera nuestros defectos son de nuestra invención. Podemos pensar que vivimos en la democracia más mediática de todas, pero tampoco aquí somos pioneros: ningún político, por ejemplo, tendrá la influencia que tuvo Kennedy al cargarse la industria del sombrero con el simple gesto de no ponerse ninguno. Quizá, pese a todo, la política importaba más antes: lo de llevarla en el cuerpo está ya en los sans-culottes, en las pelambreras románticas, en aquellos petimetres que —según cuenta Galdós— se recortaban barbas y perillas a imagen de Sagasta o de Cánovas. Pero sigue apareciendo siempre aquí y allá. En la complicidad antifranquista que denotaban ciertas barbas. En la imposibilidad de llevar con inocencia un loden. A veces una foto condensa una época, cuando no lleva cifrada una ideología. El traje sin corbata de Ciudadanos o la política techie. Los botones abiertos de Abascal, dispuesto a partirse el pecho lobo por su causa. O los conflictos de Esquerra con los usos burgueses, finalmente resueltos en ponerse corbata pero del mismo color de la camisa. Al narrar la entrada de Carlos V en Bolonia —1530—, Luigi Barzini describe el contraste entre el negro absoluto del cortejo imperial y la bizarría de sedas, brocados y velludillos de colores con que recibieron al emperador los boloñeses. “Pocos meses después, también los italianos vestían de negro”. La ideología tiende a la uniformidad. Incapaces de imposición, las democracias liberales apenas pueden proponer —por suerte— más que la desiderabilidad de la imagen.