Los evangelizadores
Me cuesta fiarme de las entusiastas, de las que sonríen demasiado, de las que no dicen lo que piensan y que nada más conocerte gritan “¡seamos amigas!”. Hay algo inquietante en la necesidad inmediata de hacer piña, de conseguir un alineamiento automático. Cuando esto pasa, sé que esa gente quiere algo de mí que yo no debería dar nunca: mi corazón, mi alma, mis ideas, el número de mi cuenta bancaria. “¡No tengáis miedo jamás a pensar en una vocación a la vida sacerdotal!”, insistió el Papa a los jóvenes en el encuentro que tuvieron el pasado sábado. Ocurre que quienes más rápido ofrecen tener una amistad son también quienes más rápido desaparecerán en cuanto vean una discrepancia o cuestionamiento a su forma de pensar. No quieren amigos, quieren fieles. Por eso, cuando la relación se agriete, esos tipos, esas tipas, buscarán nuevos seguidores a los que seducir y nuevas causas que liderar. La amistad, como la política, la religión, el trabajo o el amor (como todo, vaya), necesita de algo menos explosivo y mucho más difícil de sostener: la constancia y la permanencia.