Las emociones de las matemáticas: así puede atajarse la ansiedad que provoca la asignatura
Marta, 19 años, era una buena alumna en su instituto público de Alicante, pero lo pasaba mal en matemáticas. Se sentaba en primera fila, escuchaba atentamente las explicaciones del profesor y trabajaba luego en casa. Pero no había manera. “No me enteraba. Veía que mis compañeros lo entendían todo, eran capaces de hacer preguntas en clase porque sabían de qué se estaba hablando. Y yo decía: qué estoy haciendo mal, por qué ellos lo cogen a la primera, pueden resolver 200.000 problemas, y yo no. Psicológicamente era duro. Al final pensaba que igual era tonta o tenía un cierto retraso para las matemáticas, porque en el resto de asignaturas no me pasaba”. Marta ―que prefiere que no se publique su apellido― fue superando poco a poco dicha angustia a base de esfuerzo y de un profesor, Lluís Bonet, que, recuerda la joven, enseñaba la asignatura con calma, “de forma más realista, y con ejemplos de la vida cotidiana que te hacían entender para qué servía lo que estabas haciendo”.