Jhonny Narváez vuela en los muros de las Marcas y gana su segunda etapa en el Giro de Italia
El viento es un niño que juega con la larga línea de arena, la frontera entre los campos y el Adriático, se enreda en los cabellos de las aficionadas en la etapa que señala el paso repentino del sur al norte, de los Abruzos altos a las lomas de las Marcas, alborota y abofetea el rostro sereno y decidido de Jhonatan Narváez, boca cerrada, que no se detiene, y, finalmente, se rinde. Protegido por su piloto danés, Mikkel Bjerg, que, espalda paralela al suelo, amplia y segura como la barra de un bar, juega con el viento, y se ríe, Narváez entra solo en el asfalto roto, en las cuestas medievales de Capodarco y Reputolo, en el pérfido pórfido púrpura que pavimenta las calles pontificias de Fermo, una pirámide sobre una colina. Ya no vuela el viento, solo vuela el ecuatoriano, un cóndor, hacia la victoria.