Israel, de la euforia a la decepción en 20 segundos
Cientos de israelíes llegan, sin demasiado optimismo, al momento crucial de la final de Eurovisión. Llevan casi cuatro horas siguiéndola en cuatro pantallas gigantes que el Ayuntamiento de Tel Aviv ha instalado ad hoc junto a la playa, al aire libre. Son casi las dos de la madrugada y quedan los más motivados en un país que busca en cada certamen transmitir la imagen en la que le gusta reconocerse en el espejo y que lo hiciesen los demás: uno más entre otros. Los presentadores se disponen a desvelar el resultado del voto que ha obtenido del público, su gran baza para remontar el octavo puesto al que le ha relegado el jurado. Se hace el silencio. Algunos se tapan la boca con las manos en señal de nerviosismo y otros se agarran de la mano. El veredicto (220 puntos, solo menos que Rumanía) lo aupa a la cabeza de la tabla y en Tel Aviv se desata la euforia.