Intelectual francés o seductor italiano: ¿a quién quiere parecerse el hombre español en verano?
De las mil maneras que tiene un hombre para convertirse en un cliché veraniego andante, existen dos particularmente reconocibles. En la primera, uno llega a la terraza de un hotel de Positano con un negroni sbagliato sostenido por las puntas de los dedos, luciendo una camisa abierta hasta el tercer botón, unas gafas de sol de marca visible y el cabello aún húmedo, en mechones que se extienden, fluidos pero milagrosamente inmóviles, desde el nacimiento hasta la nuca. En la segunda, la melena se abulta en bucles aparentemente descuidados y quizá los cubra un gastado sombrero de paja, aunque la prenda principal es una camiseta de manga larga a rayas horizontales, la bebida una copa de Gris Blanc, y el marco el paseo de algún encantador puerto bretón.