Instrucciones para sentir la patria

Jun 22, 2026 - 03:02
Instrucciones para sentir la patria

“El país al que pertenecemos no es, como quiere la retórica, aquel que se ama, sino aquel del que nos avergonzamos, o del que uno se puede avergonzar”. No dramaticen, no estoy hablando del España-Cabo Verde, es una frase del gran historiador italiano Carlo Ginzburg, fallecido esta semana, investigador de pequeñas historias, autor de libros deliciosos en los que mezclaba cosas, relacionaba ideas que no tenían nada que ver e iluminaba ángulos oscuros. Creía en la casualidad como forma de conocimiento: pedía al azar un libro en la biblioteca y descubría algo que nunca habría encontrado de forma normal. Seguía el consejo de uno de sus maestros, Aby Warburg, que creó una inmensa biblioteca meticulosamente desordenada (está en Londres, se la llevó allí tras la llegada de los nazis) con esa idea: “El libro que necesitas está al lado del que estás buscando”. Ginzburg, hijo de la admirable escritora Natalia Ginzburg, era uno de esos sabios humanistas que harían el mundo mejor solo con salir en la tele hablando cada semana. Como pequeño homenaje, seguí yo también el juego y caí por azar en la autobiografía de Charles Chaplin. Tener libros olvidados que no sabías que tenías es uno de los placeres del desorden. Leyendo la vida de Chaplin recordé su mísera infancia, sin apenas educación, y llegué a esta frase, cuando relata que empezó a leer libros por pura vergüenza: “Quería yo saber, no por amor a la ciencia, sino como una defensa contra el desprecio que siente el mundo por el ignorante”. Pensé que ya es un sentimiento antiguo, tanto el personal como el colectivo, ambos muy relacionados. Me pregunté si ese tipo de sensación todavía existe, en qué ha quedado el pudor en general, y eso que nunca como hoy tanta gente ha estado tan atenta a lo que piensen los demás. Me conmovió pensar en Chaplin, todo preocupado por no parecer inculto, comprándose los tres tomos de El mundo como voluntad y representación, de Schopenhauer, como cuenta que hizo. Esto sí que estoy seguro de que hoy no lo hace nadie, salvo que empiece un in­fluencer, y si lo intentan en su casa por favor que sea con un médico cerca. Me imaginé a Chaplin como en sus películas, en una escena muda, leyendo en un cuartucho, y brillaba en ella la idea arrebatadora de que algo que está escrito en un libro lo puede leer cualquiera, como un tesoro al alcance de la mano que cambia el destino de quien lo lee. Seguí leyendo hasta que Chaplin hizo El gran dictador (1940), feroz parodia de Hitler. Ahí empezaron sus problemas, pues en Estados Unidos había más nazis de los que creía. Acabada la guerra, fueron a por él, acusado de comunista y acosado por el FBI. Al final, como otros, se tuvo que ir del país, por antiamericano. Chaplin dice entonces: “Estos superpatriotas pueden llegar a ser las células que conviertan a América en una nación fascista”. Era 1952 (y el libro se publicó en 1964). Él era británico, pero sentía vergüenza de ese país. Sobre todo, de su “pomposidad moral”. Qué expresión tan acertada, lo peor es la grandilocuencia.

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