Funk, procacidad y extravío en las primeras horas del nuevo Sónar
La primera sensación que tienes al entrar al nuevo Sónar es que te has perdido en tu propia casa. Es como si viviendo en un palacio alguien hubiese cambiado las estancias de lugar provocando una percepción de desorientación, particularmente inquietante porque en el fondo todo te suena. Es por ello que el público que entró en los enormes recintos de la Fira de Hospitalet de Llobregat deambulase inquieto y preguntando a todo el mundo por la nueva ubicación de los escenarios. Día y noche sin fronteras. El pánico no cundió, poco a poco, todo fue encajando aunque los primeros instantes eran descorazonadores. No todos los escenarios tenían su nombre indicado y no sobraban carteles orientadores. Lo animoso del asunto era que, una vez más, parecía estrenarse un festival que ya ha superado la treintena, añadiendo un aire de vértigo a un certámen acostumbrado a ofrecerlo como parte de su alma. El Sónar es otro queriendo ser el mismo, el tiempo dirá si lo consigue.