Florentino emérito

El 31 de mayo de 2011, un año antes de que Corinna Larsen, los elefantes de Botsuana y el balbuceante “lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir” marcaran el principio del fin de su reinado, Juan Carlos I, el pez más gordo de la pecera patria, empezó a morir por su propia boca. Ese martes, el aún incuestionable e incuestionado rey de España se encaró con los estupefactos periodistas que cubrían una audiencia rutinaria en La Zarzuela y les espetó a cámara: “A vosotros lo que os gusta es matarme y ponerme un pino en la tripa todos los días”. Andaba el hombre maltrecho ante su sexta operación de chasis y las especulaciones sobre su salud le sacaron de sus reales casillas hasta el punto de desenfundar la escopeta, sin calcular que la vieja táctica de matar al mensajero le saldría por la culata. El resto es Historia de España.