Flannery O’Connor y la intervención en un mundo sin fe
Que los pájaros no hablasen fue algo que a la escritora Flannery O’Connor (Savannah, 1925-Milledgeville, 1964, Estados Unidos) siempre le atrajo de ellos. O’Connor pasaba las tardes alimentando a sus aves en Andalusia, la granja familiar de productos lácteos, y decía que si se rodeaba de gallinas, gansos y pavos reales era porque no la juzgaban. En una ocasión, después de un viaje para promocionar su libro, escribió a una amiga que se alegraba de “volver con los pollos, que no saben que escribo”. Aunque estudió en el famoso Programa de Escritura Creativa de Iowa, y vivió en Nueva York y Connecticut, el lupus obligó a O’Connor a llevar una vida reposada, lejos de la bohemia urbana de sus contemporáneos. En 1951 la escritora se retiraría a la granja de forma definitiva, desencantada tras un hallazgo que la acompañaría durante el resto de su vida: la humanidad perdía la fe.