Éxtasis olímpico en Barcelona
El miércoles, por unos minutos, Barcelona volvió a ser olímpica. Regresamos al 92 desde el templo expiatorio de la Sagrada Familia. Sentimos que la ciudad es capaz de organizarlo todo. Frente a los recurrentes discursos de la decadencia -de la ciudad, del país, del malestar urbano-, asumimos que tenemos la octava maravilla del mundo, aunque eso nos traiga turismo. La sociedad catalana, o una parte de ella, necesitaba un chute de orgullo y éste ha sido el más intenso del postprocés. Ya no hace falta que sigan angustiados (si es que alguna vez lo estuvieron): la marca Barcelona sigue muy viva. Fue tanta la sensación de trabajo bien hecho anoche que no hizo falta ni compararse con Madrid, práctica habitual.