El caricaturista político: ¿una especie amenazada?

El asunto habría debido causar escándalo. Quiero pensar que acabó extraviado entre las demasiadas urgencias de nuestro momento presente, pero la verdad puede ser más sencilla: nos hemos acostumbrado a las nuevas olas de censura, aun la más abierta, o las viejas libertades de expresión y prensa nos parecen indignas de nuestra preocupación y nuestro amparo. Me refiero a lo que pasó a comienzos de este año, cuando los editores del Washington Post decidieron no publicar el más reciente dibujo de Ann Telnaes: una caricaturista que se ha ganado con los años, además de un premio Pulitzer, la admiración de nosotros sus lectores. En su dibujo aparecían cuatro magnates, cada uno con una bolsa de dinero en forma de ofrenda, arrodillados ante una estatua descomunal de Donald Trump: era el comentario de Telnaes sobre la ridícula peregrinación que habían hecho a Mar-a-Lago los oligarcas trumpistas, todos prometiendo donaciones de siete cifras para la investidura —esta palabra me gusta más que inauguración— del presidente convicto. Entre los arrodillados estaba Jeff Bezos, dueño del Washington Post. No sé si tenga que decirlo: la caricatura de Telnaes nunca apareció.