De qué hablamos cuando hablamos de votar
Aquí estamos otra vez: en dos semanas los colombianos iremos a votar en primera vuelta. La gran mayoría ya sabe por quién votará, y tal vez lo sepa desde las últimas elecciones, porque en Colombia la política es tribal: y, como las tribus se odian a muerte, lo que importa no es el candidato, sino los colores de la pintura de guerra. Una minoría más o menos apreciable está decidiendo su voto en medio de un ambiente de odios y de miedo y de palabras violentas y de amenazas verosímiles y de promesas de apocalipsis, y tal vez asista con fascinación y espanto y vergüenza ajena al carnaval de descalificaciones, calumnias, opacidad, ligereza, chabacanería y franca estupidez que pasa por campaña política en este país nuestro. Y una minoría todavía menor, una minoría todavía más ínfima, se estará acaso haciendo una pregunta más básica: no por quién votar, sino para qué votar. Es decir, qué significa el voto. Lo cual equivale a preguntar, por supuesto, qué significan otras cosas: la democracia, por ejemplo, o la ciudadanía.