De crucero por la indómita Alaska hacia el fin del mundo
“Cerca del Polo existe un país helado, ardiente, solitario y apartado llamado Alaska”. El novelista Jack London anuncia con estas palabras, al comienzo de La quimera del oro (1981), la región más extensa de EE UU (y la séptima del mundo), causante de tantos delirios como estragos desde tiempos remotos. Antiguo vástago del imperio ruso, los cazadores eslavos mantuvieron en secreto durante más de un siglo el oro que escondían sus montañas, protegiéndolo de los buscadores anglosajones. Los más de siete millones de dólares que el secretario de Estado William H. Seward empeñó en 1867 para la compra de este lejano territorio, desvelaría décadas más tarde, más allá de las pieles y el pescado, el verdadero interés de explotar los tesoros dorados que ocultaba.