Ay, perra, perrita, perra, perra de mi corazón
Si alguna vez me sorprendo a mí misma diciendo cosas como: “Te compro este argumento”, me restregaré los morros con agua y con jabón, que eran las sustancias que Pimpón, un muñeco muy guapo y de cartón, usaba para lavarse la carita. Hablando de sustancias —agua, jabón—, no puedo explicar lo mucho que me gustó la película de Coralie Fargeat. La fabulosa eclosión gore del final, el sinuoso comienzo. El cuerpo y sus metamorfosis líquidas. El cuerpo de Carrie, de Alien, el octavo pasajero, de El doctor Jekyll y Míster Hyde, Blancanieves, Re-Animator, Dorian Gray y, si me apuras, el cuerpo de los Gremlins y de los aeróbicos vídeos de Jane Fonda o Eva Nasarre. Cuánto daño nos hacemos a nosotras mismas. El cuerpo como lugar de los pinchazos: en el sanatorio, todas acabamos siendo el cuerpo en el que el vampiro clava sus colmillos. Lo pasé sensacional. Pero, de vuelta al tema, si alguna vez me oigo a mí misma decir “Te compro este argumento”, me daré una pequeña descarga eléctrica en plan perra de Pávlov. Aprovecho para poner el punto sobre la i, siendo la i la proliferación de perras —en su defecto lobas— dentro de los géneros musicales y literarios actuales; perras que dan la vuelta al calcetín de La dama del perrito y aspiran a denunciar los corsés civilizatorios utilizados para la domesticación de la sexualidad femenina: El celo, de la magnífica Sabina Urraca, Casi perra de Leila Sucari. También está la perra de Rigoberta Bandini: “Que si yo ahora fuera perra, juguetona y muy amable / no tendría estos problemas de ansiedad”. Entonces, yo voy y pienso: “Ay, perra, perrita, perra. Perra de mi corazón”.