Aquellas lecturas en la hamaca
El Azorín que me gustaba cuando lo leía a los 17 años no era aquel joven anarquista que recién llegado a Madrid desde Monòver se paseaba con un paraguas rojo, ni mucho menos el que después de la Guerra Civil sacó al señorito de provincias que llevaba dentro para rendir pleitesía azorada a Franco y al final de sus días se convirtió él mismo en un paraguas negro cerrado paseando por el Prado, sino el Azorín que después de su viaje por La ruta de Don Quijote, publicado por entregas en El Imparcial en 1905, empezó a crearse un estilo en el que cada palabra era una taracea con la que labraba el artículo como una pequeña caja que guardaba los primores de lo vulgar, como decía Ortega. Me gustaba el Azorín que fue un sutil detector de silencios de zaguanes castellanos, del aroma de baúles olvidados llenos de legajos, de crujidos de tarimas carcomidas de caserones, de voces evanescentes de criadas que se oían en la duermevela de las siestas estivales, de botijos sobre las mesas de mármol en los patios de las fondas del comercio, de veredas perdidas de los pueblos de Castilla. El mío era aquel Azorín que limpió la escritura de circunloquios y oraciones derivadas con frases cortas y puntos seguidos de los que colgaba de cada uno un color, la vibración mínima de un paisaje, un sonido, una tenue luz, apenas nada, que era todo.