Al ajo español le pica la competencia
En la cocina española, quizás, no existe ningún otro ingrediente con alto protagonismo como tiene el ajo. Su sabor —un poco áspero, picante y fuerte, tan odiado como venerado— está en el gazpacho andaluz, en el arroz caldero murciano, en el bacalao al pilpil vasco o en los aliolis mediterráneos. El escritor y periodista gallego Julio Camba lo dejaba claro en uno de sus libros, a principio del siglo pasado: “La cocina española está llena de ajo y prejuicios religiosos”. Este bulbo es más que una tradición culinaria. Es también una de las estrellas del campo español, el mayor productor de la planta en Europa y el quinto a nivel internacional. El sector, sin embargo, atraviesa uno de sus peores baches en las últimas décadas. La reducción de la superficie cultivada avivada por el desplome de los precios, una regulación europea cada vez más estricta, un aumento de costes, así como por la creciente competencia internacional —especialmente de China —, que ha dejado a los productores de esta insignia nacional entre las cuerdas.